Un episodio histórico en América Latina está siendo reexaminado para entender las bases de la actual política exterior del presidente estadounidense Donald Trump. En 1954, la empresa estadounidense United Fruit Company logró influir en el gobierno de Dwight D. Eisenhower para desestabilizar al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz, electo democráticamente, lo que marcó un precedente que algunos analistas ven repetido hoy en conflictos globales.
La sombra del pasado en la política actual
La multinacional bananera, conocida por su enorme influencia en Centroamérica y apodada “El pulpo” por sus múltiples intereses, reaccionó con fuerza cuando Arbenz propuso una reforma agraria que incluía la expropiación de tierras ociosas de la compañía para redistribuirlas, ofreciendo incluso una compensación superior a lo pagado originalmente. “Arbenz iba a darles una compensación generosa -más del doble de lo que la United Fruit Company había pagado por esas tierras- pero ellos no estaban contentos con el monto”, detalla Grace Livingstone, experta de la Universidad de Cambridge.
La compañía utilizó el contexto de la Guerra Fría, presentando a Guatemala como una amenaza comunista para EE.UU., lo que convenció a Eisenhower de respaldar un golpe encubierto liderado por la CIA. Aunque la doctrina Monroe original buscaba proteger a América Latina del dominio europeo, fue reinterpretada en 1904 por Theodore Roosevelt como justificación para intervenciones directas.
De Monroe a la doctrina “Donroe”
Actualmente, expertos como Stewart Patrick señalan que la estrategia de Trump, apodada burlonamente “Donroe” (fusión de Donald y Monroe), se basa en una visión de esferas de influencia y rechazo al multilateralismo. “La lógica de esferas es el corazón del enfoque de Trump sobre el orden mundial y es en parte una respuesta a su aversión prolongada hacia el globalismo, multilateralismo, la formación de alianzas y guerras eternas en países lejanos”, explica Patrick.
La meta declarada de la nueva estrategia de seguridad nacional de EE.UU. es proteger comercio, territorio y recursos estratégicos. Esta lógica se aplica en escenarios como Venezuela e Irán —donde el petróleo y la competencia con China son claves— y en Groenlandia, cuyos recursos minerales y posición geográfica son vistos como vitales.
Tácticas de desestabilización que persisten
Las operaciones de la CIA en Guatemala incluyeron bombardeos simulados, transmisiones de radio con sonidos falsos de combate, panfletos amenazantes y campañas de desinformación. “En la emisora de radio de la CIA, afirmaron que miles de personas se estaban uniendo a las fuerzas mercenarias. Pero cuando cruzaron la frontera, no hubo un levantamiento espontáneo”, señala Livingstone. El ejército guatemalteco, desmoralizado, presionó a Arbenz a renunciar.
Escenas similares se repiten hoy. En Venezuela, tras fuertes ataques mediáticos y militares, Nicolás Maduro fue capturado y humillado públicamente. “Primero vimos las imágenes del bombardeo de Caracas. Y lo siguiente que vimos fue a Maduro encadenado, flanqueado por militares y humillado. Esto forma parte de un patrón”, afirma el periodista Jon Lee Anderson.
Consecuencias a largo plazo
La caída de Arbenz desencadenó décadas de conflicto interno en Guatemala, con gobiernos autoritarios, violencia generalizada y el fortalecimiento del crimen organizado, lo que eventualmente impulsó migración y tráfico de drogas hacia EE.UU. “Guatemala demuestra que EE.UU. estaba dispuesto a derrocar a un gobierno elegido democráticamente y que, desde que se proclamó la Doctrina Monroe, Estados Unidos ha intervenido en América Latina más de 80 veces”, advierte Livingstone.
Analistas como Mike Crawley destacan que la estrategia de Trump también se sirve de la política visual: publicaciones en redes sociales, amenazas directas, cancelaciones simbólicas, todo para ejercer presión psicológica sobre naciones más pequeñas como Dinamarca, en el caso de Groenlandia.
Si bien los defensores de estas intervenciones argumentan que solo los dictadores deben temerlas, la historia de Guatemala advierte que las consecuencias pueden ser peores que las amenazas originales. “Trump está reafirmando la doctrina en su forma más descarada”, concluye Livingstone.